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Smart city: la etiqueta de moda

Escrito el 12 enero 2012 por Hermenegildo Seisdedos Dominguez en Sector público

A caballo entre noviembre y diciembre, Barcelona ha celebrado la primera edición del Smart City World Expo, una iniciativa con la que pretende posicionarse como punto de encuentro de referencia global en torno a este concepto (smart city) que está generando a su alrededor tanto ruido y actividad.

Hemos podido seguir desde su inicio el proyecto ya que hemos estado implicados en su diseño y lanzamiento. Realmente ha sido una apuesta fuerte por parte de la Fira de Barcelona que ha creído que la piscina tenía agua, que tenía sentido movilizar recursos y un encantador equipo para innovar y conseguir dos objetivos: impulsar un nuevo congreso de talla mundial y asociar la marca Barcelona al propio concepto de inteligencia urbana.

Ambos parecen haberse cumplido ya que, aunque todavía lejos de los 55.000 asistentes del Mobile World Congress, considerado como la mayor feria mundial de la industria móvil, las cifras de esta primera edición son un algo más que un esperanzador comienzo: más de 6.000 visitas, de las cuales el 42,5% de procedencia internacional y el anuncio de una segunda edición para noviembre 2012.

Atrás quedan unos intensos días en los que Barcelona nos ha proporcionado el placer de ver viejos amigos y debatir sobre el panorama que se abre ante las ciudades. A modo de resumen, allá van algunas reflexiones que nos ha suscitado este catalizador.

Ojalá nos hubieran dado un euro por cada vez que alguien ha formulado la pregunta ¿qué es una smart city? Seríamos millonarios. El concepto es difuso y es tratado con displicencia pero hay que reconocer que funciona. Todas las empresas dicen que llevan años haciendo algo que antes tenía otro nombre pero que ahora se llama smart city. Y la inteligencia en las ciudades parece estar excelentemente repartida pues, parafraseando a Descartes, cada una piensa estar tan bien provisto de ella que aun las más difíciles de contentar en cualquier otra cosa no suelen desear más de la que tienen.

El concepto smart city expresa de manera muy gráfica la necesidad imperiosa de mejorar la gestión de nuestras ciudades y se apoya en el enorme margen de mejora existente. Smart city implica eficiencia: es una forma elegante de decir ciudad low cost y, quizás en este hecho, radica la explosiva popularidad del término.

Otro interesante matiz del nuevo debate tras el término smart city es que las ciudades inteligentes no están asociadas a escala. Así cuando hablamos de ciudades creativas (la moda anterior), los ejemplos están muy vinculados a ciudades de gran tamaño, a grandes nodos dentro de un sistema jerárquico global. En cambio, cuando hablamos de smart cities las mejores prácticas se situan en ciudades intermedias, más periféricas y con economías más basadas en la especialización. Parece que los mejores exponentes de smart cities creen aquello de que small is beautiful.

Desde la perspectiva empresarial, ya hemos comentado que, a día de hoy, pesa en nuestras ciudades más el músculo (residuos sólidos, limpieza viaria, etc.) que el cerebro (sistema de gestión integrado, sensores, etc.). No cabe duda de que smart city implica dotar a la ciudad de un cerebro más grande. De lo visto en Barcelona puede intuirse que serán las empresas de servicios urbanos y concesionarias las que evolucionarán desde gestionar un músculo aislado hacia convertirse en verdadero cerebro. O, al menos, que tienen una importante ventaja competitiva a aprovechar frente a las tecnológicas puras para desarrollar el cerebro de la smart city, un negocio multimillonario que está en el centro de la estrategia de gigantes como Siemens, GE o Philips.
Pero, ¿qué es realmente una smart city? La respuesta obvia es que es una ciudad más inteligente, mejor gestionada. Pero, ¿en qué se traduce esto? Pues a la vista de lo debatido, se traduce en actuar principalmente la eficiencia energética en general y la movilidad en particular que son el caballo de batalla de muchas de las iniciativas presentadas. No cabe duda que avanzar en estos dos temas (smart grid, coche eléctrico, etc.) es algo fundamental para calidad de vida y sostenibilidad urbana.
Pero, smart city es un concepto más amplio, con vocación trasversal ya que implica una nueva forma de gestión, un estilo de gobernanza diferente en el que la información se obtiene y comparte de manera abierta (open government) y empleando toda la potencialidad que las tics ponen a nuestro alcance. Un camino de ida y vuelta. De ida porque permite mejorar las políticas urbanas impulsadas desde arriba con mayor información y control en tiempo real de las demandas ciudadanas, llegando a prever el comportamiento de los ciudadanos al mejor estilo Gran Hermano. Pero también de vuelta ya que permite dar una dimensión interactiva a la gobernanza y dotar a la participación ciudadana de un nuevo contenido, más democrático, de verdadera implicación en la definición de las políticas públicas.

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