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Medidas coyunturales vs Actuaciones estructurales

Escrito el 19 enero 2012 por Antonio Rodríguez Furones en Innovación, Sector público

En diciembre de 2010 escribí un post en el blog elnietodenicomaco que tenía por título “El recorte presupuestario cómo ¿solución?”, que hoy resulta de plena actualidad por las primeras medidas adoptadas por el nuevo gobierno.

Quizás la situación límite en la que nos encontramos precise de una subida impositiva como la que nos han aplicado. Si esto fuera así, lo que en mi opinión está claro es que este incremento debe ser temporal y lo más breve posible para tratar de recuperar la demanda interna cuanto antes. Es decir, debería tratarse de una decisión coyuntural y provisional que proporcione oxígeno para afrontar los imprescindibles cambios estructurales.

Análogamente, si bien es cierto que parte de los recortes presupuestarios van orientados a dejar de gastar fondos públicos en actividades claramente prescindibles, da la impresión que otros recortes se han calculado para “cuadrar” el déficit público (infraestructuras, I+D+i, etc…), siendo coyunturales en el sentido de que se espera recuperar parte de los mismos cuando las circunstancias mejoren en el futuro.

Respecto a estos últimos hay una serie de consideraciones a tener en cuenta para valorar lo acertado o no de la decisión. Por un lado, parece que el recorte se ha hecho “top-down” en lugar de “bottom-up”, como correspondería a una filosofía de presupuesto en base cero para determinar qué actividades son las menos importantes y, por otra parte, no es lo mismo gastar que invertir, sobre todo cuando se habla en términos de endeudamiento. Endeudarse  para gastar es vivir por encima de las posibilidades, endeudarse para invertir tiene sentido, ya que la inversión generará unos retornos superiores al préstamo concedido y los intereses devengados. Es más, la inversión que cumple estos criterios es clave para la recuperación de la economía del país.

Si bien las medidas anteriores son de efecto “directo” sobre la cuenta de resultados de la Función Pública, hay una ingente tarea en términos de eficacia y eficiencia en la gestión de los recursos públicos que, llevando más tiempo y con una dificultad de implantación mayor que lo expuesto, es la que garantiza la sostenibilidad del modelo al conllevar un aumento de la productividad: se trata de hacer más con menos. Para ello, es preciso cambiar ciertos paradigmas e impulsar ideas como el planteamiento de presupuesto en base cero anteriormente mencionado, o cuestiones como:

  • Generación de economías de escala: la descentralización y acercamiento de la administración al ciudadano no debería implicar la constitución de unidades de gestión territoriales descoordinadas en términos de planificación. En España se ha incurrido en un sobrecoste tan innecesario como importante en cuestiones dónde las economías de escala derivadas de una planificación conjunta son elevadas (centrales de compras; servicios asistenciales o de emergencia compartidos, etc…), y esta es una de las principales reformas a desarrollar.
  • Reingeniería de procesos: muchos de los procedimientos empleados en el Sector Público (exactamente igual que en el sector privado) no han sido revisados (y por tanto mejorados) en décadas. Es decir, revisemos el cómo hacemos el qué debemos hacer para que el desempeño sea realmente eficaz.

La aplicación de nuevas tecnologías a ambas cuestiones es el factor clave, a mi entender, para optimizar los recursos existentes y reducir los tiempos de ejecución necesarios. Esta modernización de los servicios, en la que se ha ido avanzando de forma desigual en los últimos años, deber ser parte esencial de una apuesta decisiva por mejorar la calidad y la eficacia de los servicios prestados al ciudadano (razón de ser de la Función Pública).

Las ideas anteriores, que seguro que tendremos oportunidad de desarrollar y debatir en este blog, implican desarrollar una reflexión en términos estratégicos (se trata de cuestiones estructurales no coyunturales) que incluye una etapa de análisis, el diseño y evaluación de alternativas y, finalmente, la implantación de la solución estratégica adoptada. En este sentido, la fase decisiva de todo el proceso es la implantación, siendo la propia gestión de ese cambio el punto crítico para conseguir el resultado esperado, que dependerá en gran medida de la capacidad y posibilidades del directivo público. 

En definitiva, la elaboración de planes para la consecución de economías de escala, tecnificación de la administración, reingeniería de procesos administrativos acordes con la realidad del s.XXI, etc… es necesaria, pero lo que realmente resulta imprescindible es disponer de personas (directivos y cuadros intermedios de la función pública) que dispongan de los medios precisos (por ejemplo, formación, y herramientas de gestión de RRHH) para poder liderar el cambio necesario.

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