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Políticos y falsos historiales: Una lección no aprendida

Escrito el 16 febrero 2012 por Jose María Sánchez Alarcos en Sector público

Nuevo escándalo levantado por El País: Un político que se inventa un título académico que no tiene y, al hacerlo, queda en evidencia y muestra también algunas falsas creencias sobre qué se debe valorar en un responsable público.

En primer lugar, la politización de los medios hace que se recuerden los casos de curriculum falso de forma muy selectiva. En un artículo sobre el tema, el autor recuerda al ex-director de la Guardia Civil, Luis Roldán pero no parece acordarse de que éste ha tenido numerosos compañeros en la aventura de falsear el curriculum…desde los conocimientos de Derecho de José Blanco hasta los de Economía de José Montilla pasando por los estudios de Leire Pajín y alcanzando incluso al ex-vicepresidente Alfonso Guerra, presentado como ingeniero y licenciado en filosofía a pesar de su título único de perito industrial que, más tarde, pasaría a ser denominado ingeniero técnico sin que hubiera noticia alguna de su titulación en filosofía.

Parece que no ha cundido en España el ejemplo del ministro alemán que dimitió porque se supo que había copiado partes de su tesis. Aquí no se da ese problema; algunos escribirían tesis con “x” y pensarían que sirve para llevarles al aeropuerto.

¿Por qué razón deciden algunos políticos falsear su curriculum? En primer lugar, es aplicable el principio de excusatio non petita, accusatio manifesta.  La acusación, en este caso, es que quien infla su curriculum inventándose títulos que no tiene muestra con su acción que no cree tener los méritos necesarios para el puesto para el que le han nombrado. Por supuesto, es difícil encontrar a alguien que conozca mejor los propios méritos que uno mismo.

El actual presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, hizo en su momento una tímida crítica señalando que para ser presidente debería exigirse algo más que, simplemente, ser español y tener más de 18 años. A pesar de que la respuesta, mucho más contundente,  por parte del portavoz del PSOE consistió en preguntarle si exigiría haber aprobado unas oposiciones para registrador, nadie se atreve a exhibir como todo mérito precisamente ése: Ser español y tener más de 18 años. Dicho esto, casos se han conocido en los que resulta difícil encontrar cualquier otro mérito distinto.

Exhibir historiales profesionales o académicos brillantes tiene sus riesgos y tenemos ejemplos aún recientes en los que se evitarán nombres pero no será difícil adivinarlos:

  • Persona de gran éxito en el ámbito empresarial, derrotado en un debate en el que los elementos retóricos y de imagen resultaban más importantes que la solidez argumental. Los hechos posteriores mostrarían quién tenía razón pero la bisoñez mostrada públicamente en un debate televisado dañó su imagen en el ámbito político e incluso pudo dañarla en su ámbito profesional de origen.
  • Profesor de afamada escuela de negocios nombrado para un puesto en el que se ve obligado a defender planteamientos que cualquier público dotado de unos mínimos de información y de raciocinio rechazaría. Su paso por la política puede estar acabado pero, si regresa a la docencia, sus actuaciones en política le perseguirán siempre.
Podríamos llegar a la triste conclusión de que un curriculum vacío no es presentable y uno muy brillante es peligroso y, por tanto, la mejor solución para llegar a posiciones políticas es tener un curriculum mediocre. Este argumento haría las delicias de un cínico pero no es cierto: Quien tiene un curriculum brillante puede sobrevalorar su capacidad y creer que le va a bastar para desenvolverse en terrenos desconocidos. A veces descubre demasiado tarde que ha sido como una foca nadando entre tiburones. Quien exhibe una hoja en blanco por curriculum no tiene ese problema pero se enfrenta a uno de aceptación y éste no tiene la misma importancia en todos los ámbitos.

Pongamos como ejemplo a un político, José Borrell, que con una titulación de ingeniero aeronáutico ejercería como Secretario de Estado de Hacienda primero y como Ministro de Obras Públicas después. Como todos los políticos, fue criticado en ambos papeles pero es difícil encontrar ninguna crítica que se refiera a la inadecuación de su formación básica para ambas tareas. Ambos Ministerios, Hacienda y Obras Públicas, tenían como punto común la necesidad de manejar ingentes cantidades de recursos aunque desde distintos lados de la ventanilla recaudatoria. Pocas veces ocurre que llegue alguien  cuya formación básica coincide con la faceta técnica dominante en la función que va a desempeñar. Ejemplos como Álvarez Cascos -ingeniero de Caminos- en Fomento o de Miguel Muñoz -autodefinido como “jefe de departamento venido a más”- en Tráfico representan más la excepción que la regla.

Los cargos de responsabilidad pública suelen tener como punto común el manejo de recursos. Esto hace que algunos políticos puedan saltar de una posición a otra aparentemente muy distinta pero que, en realidad, no lo es. Si no es un puesto técnico y hay que elegir entre formación técnica y formación y/o experiencia en gestión de recursos la elección está clara: Debe prevalecer la última aunque no siempre es fácil. Prescindamos de casos en que, por motivos que no hacen al caso aunque sean muy ilustrativos, alguien llega a un puesto sin formación ni experiencia; vayamos a aquéllos en que el responsable político puede tener la experiencia adecuada pero cree que su formación podría suponerle algún problema y se ve tentado a “adornar” su curriculum ¿Qué naturaleza tendría tal problema?

No parece, por poner un ejemplo de actualidad, que alguien que ocupe un puesto de gestión en la Sanidad Pública tenga necesariamente que ser médico pero tal vez sí tenga que serlo para ser aceptado por aquéllos a los que va a tener que dirigir. No es un caso único; nada exige que un ministro de Defensa tenga que ser militar pero, en su momento, causó impacto el nombramiento de Serra, civil que ni siquiera había hecho el Servicio Militar, para un puesto que, en el pasado, siempre habían ocupado militares. El nombramiento de Chacón, mujer y embarazada, para el mismo puesto fue una vuelta más de tuerca en la misma dirección.

Si las cosas se analizan desde un punto de vista puramente funcional, el asunto es claro: A medida que se van ascendiendo puestos en una organización -con muy escasas excepciones cuya discusión nos llevaría por otros derroteros- va pesando menos el componente técnico y pesando más el componente de gestión. Se llega a un punto en que la aportación que representa el componente técnico es marginal y, por tanto, el puesto puede ser asumido por alguien con la formación y experiencia adecuadas en gestión aunque sea totalmente ajeno a la faceta técnica de la organización.

Cuando las cosas se analizan desde el punto de vista de la práctica política al uso, son más complejas y pueden darse situaciones distintas:

  • Incompetentes con la filiación política dominante: No ha lugar la discusión sobre el carácter técnico o de gestión de un puesto porque carecen de la formación y experiencia necesarias para uno y otro tipo. Su único mérito es cumplir los requisitos legales del puesto que, a veces, son tan simples como ser español y tener más de 18 años. Su curriculum fuera de la afiliación política está en blanco por lo que cualquier contenido estará inventado y dirigido sobre todo por motivaciones estéticas y por sus propios complejos.
  • Competentes sin la formación técnica dominante: El miedo a la posible falta de aceptación les puede invitar adornar el curriculum con el objetivo de ser vistos como colegas por parte del colectivo al que van a dirigir, especialmente si éste es cohesionado y le puede causar problemas en la organización. Naturalmente, si alguien tiene tanto miedo a los problemas que pueda causar el colectivo dominante que decide falsear su historial, tal vez debería haber hecho tal valoración antes de aceptar el puesto y, si procede, rechazarlo.
  • Competentes soberbios: Pueden tener la formación y experiencia adecuadas pero no tienen interés en aprender las peculiaridades de la organización concreta dándolas por sabidas. No tienen ningún interés en falsear su curriculum pero pueden cometer errores de novato debido a aspectos que habían menospreciado y que no han tenido interés o oportunidad de aprender.
  • Incompetentes soberbios: No sólo no tienen la formación y experiencia adecuados sino que su nombramiento puede tener un componente de reto hacia aquéllos a los que deben dirigir. No esperan ni desean la aceptación sino hacer ver quién manda a los colectivos considerados problemáticos y su nombramiento es un gesto en ese sentido.
  • Competentes con la formación técnica dominante: Sobre el papel son la mejor opción ya que no hay problema de aceptación y pueden aportar algunos elementos de conocimiento específico que, sin ser fundamentales, pueden ser interesantes. Los riesgos asociados con este grupo consisten en su posible olvido de que el puesto no es de naturaleza técnica y de que el modelo de pensamiento en la organización pueda ser demasiado uniforme ignorando aspectos importantes.
En el ámbito privado, hace años que la sencilla expresión “o equivalente” produjo una auténtica revolución: Alguien puede no tener un título académico pero su experiencia acredita que tiene los conocimientos necesarios para el puesto. Por supuesto, nadie querría ser operado por el “equivalente” de un médico o volar en un avión en que ejerciera un “equivalente” de un piloto pero en muchas otras actividades este concepto sí tiene sentido, algunas tan conocidas como, por ejemplo, la presidencia de Microsoft con Bill Gates. No tener un título académico no significa una condena a la irrelevancia y la alternativa no consiste en inventárselo sino en acreditar competencias obtenidas a través de la experiencia profesional.
En el ámbito público, ésa puede ser una asignatura pendiente. Aunque los puestos políticos se muevan por otros parámetros, resulta significativa la frecuencia con la que un año en un puesto computa menos en los concursos de méritos que un curso de un día, que casualmente coincidió con la víspera de un festivo. Un buen curriculum acaba siendo uno que necesite de quince páginas en adelante y que esté lleno de todo tipo de formación, tenga o no relevancia alguna para el puesto. La “cursitis” y su hermana mayor la “titulitis”, junto con la frecuencia de los nombramientos en los que el principal mérito es la adscripción política, representan una invitación permanente a inflar el curriculum por todos los procedimientos posibles, sobre todo si se sabe o se cree que nadie se va a atrever a ponerlo en duda.
A diferencia de casos como el comentado en Alemania, en España no ocurre nada cuando la mentira es descubierta…salvo que el mentiroso ha dejado claro a todos que no considera merecer el puesto para el que se le ha nombrado. Nadie mejor que él lo puede saber.

Comentarios

Anónimo 17 febrero 2012 - 00:52

Magnifica reflexión!!
Pese a todo lo expuesto, sabemos sin saber cual sería el filtro a establecer de cara a permitir unos gobernantes u otros…

Jose María Sánchez Alarcos 17 febrero 2012 - 10:16

El filtro puede ser sencillo: Luz y taquígrafos.

En la medida en que las decisiones sean transparentes y los méritos de los que van a ocupar los puestos, consistan o no en títulos académicos, lo sean también es mucho más difícil la “alcaldada”, es decir, nombrar al personaje cuyo único mérito es la amistad o la afinidad ideológica.

[…] sin titulación superior pero aupados al cargo con el carnet del partido en la mano. Y otros muchos que se inventan títulos universitarios para adornar un currículum que, en algunos casos, no […]

[…] sin titulación superior pero aupados al cargo con el carnet del partido en la mano. Y otros muchos que se inventan títulos universitarios para adornar un currículum que, en algunos casos, no […]

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